El fórmula de tintes mágicos pax avant y proceden a nombrar los guardas que vigilarán el cumplimiento de usos y costumbre y solucionan los conflictos últimamente acaecidos. Termina la fiesta ritual con el disfrute de un buen carnero asado que rati- fica la tradición pluricentenaria. ¿A qué conformación hemos llegado? A algo meridiano para el antropólogo, a que el espa- cio es relación, institución, juridicidad, creencia, fiesta y ritual. Dicho de otro modo: la inherencia primordial de la gente a su lugar geográfico ha dotado al principio territorial de una arquitectura cultural de carácter sacro. Quizá sorprenda esta potente adjetivación pero la realidad es que en nuestra geografía tanto el pueblo como la comarca están bautizados; el espacio no sólo es geomorfología y geoecología; hay en él todo un conjunto de estructuras escondidas en profundidad que nos enriquecen con una imaginativa oferta si sabemos leer la cartografía geoteológica, real- mente fascinante, de nuestro paisaje cultural. No se trata de una mera opinión exagerada porque salta a la vista: numero- sas historias locales señalan a su geografía como la tierra de María Santísima —el Aragón Reyno de Cristo y dote de María Santísima de R.A. Faci, Zaragoza 1739, de todos conocido puede valer como ejemplo—; las leyendas etiológicas de miles de pueblos conectan su origen a apariciones de santos o imágenes justo en el interior de sus límites; la infinidad de fuentes, cuevas y ríos espiritualizados y la superabundancia de lugares sagrados como oratorios, ermitas, templos, santuarios y espa- cios de peregrinaje con sus santos patronos exclusivos muestran la imaginación de nuestras gentes en acción, poetizando la roca y el manantial salutífero, confiriendo misterio a la cueva, lirismo a las crestas de la sierra coronada por la cruz, pro- digando un aroma sagrado al horizonte vital, sacralizando, en definitiva, nuestra identidad local. Voy a etnografiar, aunque muy someramente, esta teología del lugar que nos transporta, una vez más, al reino creador del espíritu. III Comarca, que aparece en nuestro vocabulario hacia 1540, deriva de marca —de origen alemán— y significa etimológicamente límite, frontera y signo2. Aunque de difícil precisión técnica todos tenemos una versión intuitiva de comar- ca válida para el contenido de este breve ensayo; basta pensar en el concepto como un ensemble flou o, en términos lógi- cos, como un fuzzy set. Si la visualizamos como la múltiple interrelación entre el grupo humano y el medio físico que habita puede presentar dureza y consistencia objetiva; pensemos por ejemplo en las valles de Tena, Canfranc, Ansó y Ordesa o en el Somontano barbastrense y el Campo de Cariñena, en el Bajo Aragón y Sierra de Albarracín que nos hacen evocar aptitu- des traducidas en pastos y rebaños, ocio y turismo, caldos bien elaborados y fiestas afines y también en tamborradas y fol- klore volátiles con sus correspondientes técnicas, ocupaciones y vocabularios ad hoc en simbiosis con peculiares conceptualizaciones del tiempo y del espacio, con diversas formas de vida y, a veces, en propio estilo de asociaciones y pen- samientos que se manifiestan, en pequeños detalles sorprendentes. Llevé en una ocasión a un lugareño que vivía de sus pastos y vacas a un partido de fútbol; al ver el campo todo verde exclamó: "¡cuántas vacas podrían pastar aquí"!. La comar- ca puede, en resumen, funcionar como agente activador de subcultura endogrupal, pero lo que quiero subrayar a continua- ción es la relación simétrica inversa: la cultura como libérrimo agente creador de espacio comarcal.